Cine y Pediatría (434). “El buen maestro”, el buen pastor

Dentro de Cine y Pediatría podríamos ya hablar de un tema recurrente como es la educación y de un subgénero como es el de los profesores salvadores en escuelas complicadas. Un guión que reúna adolescentes (generalmente problemáticos y desmotivados, reflejo de familias y circunstancias difíciles), centros educativos (principalmente institutos de entornos sociales complicados o peculiares) y profesores coraje (que rompen el esquema habitual del resto de sus compañeros docentes) son los elementos clave para cocinar un casi-subgénero en el cine. 
Decenas de películas se pueden encuadrar en este contexto, de calidad cinematográfica muy distinta, más bien endeble en demasiadas ocasiones. Pero esta impresión cambia cuando hablamos de cine en francés, y basta con citar algunos ejemplos: Ser y tener (Nicolas Philibert, 2001), Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004), La clase (Laurent Cantet, 2008), Profesor Lazhar (Philippe Falardeau, 2011) o La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014). Porque la enseñanza es una cuestión de estado en Francia, un asunto siempre en el centro del debate político del que no es ajena la cinematografía, de forma que la mayoría de películas francesas sobre la enseñanza pública insisten en el mismo tema: el reto de aplicar la educación republicana en las escuelas de los barrios con mayor índice de población de origen inmigrante. 
Y hoy viene a nuestro portal la ópera prima de Olivier Ayache-Vidal, una película del año 2017 que también se apunta a discutir las problemáticas en las aulas a partir de la enésima historia de un profesor que debuta sin demasiada suerte en un instituto de los llamados problemáticos, pero acaba consiguiendo que sus alumnos, alérgicos en principio a los libros y a todo lo que huela a cultura, acaben leyendo a Victor Hugo y se diviertan con las historias de Versalles. Y con un título muy significativo, El buen maestro. 
François Foucault (Denis Podalydès) es un profesor de mediana edad en la asignatura de Literatura que ejerce con severidad en un prestigioso instituto de París, el Enrique IV. En la primera escena recita en latín un poema de Petronio y, posteriormente, reparte las notas con soez maltrato a unos alumnos excesivamente educados en un instituto de élite. Sin embargo, tampoco parece muy satisfecho y dice: “Pitágoras exigía cinco años de silencio en sus discípulos. Y hoy se les pide un minuto y hay que ver lo que pasa”.Y este maestro es destinado, por esa mal hábito del ser humano de tener que asumir algunas propias ideas no meditadas, a una plaza de un instituto del extrarradio de la ciudad, en una zona conflictiva y habitada principalmente por emigrantes. Y es que en una recepción literaria, François se pavonea ante una desconocida de tener la solución a los problemas de la escuela pública en las zonas del extrarradio; según su opinión, las ‘banlieues’ se beneficiarían de la experiencia de maestros, como él mismo, formados en centros de prestigio. La mujer resulta ser una funcionaria del Ministerio de Educación que le toma la palabra y lo propone como avanzadilla de un experimento pedagógico. 
Y es así como François va a pasar un año en un instituto complicado (allí donde conviven alumnos sudáfricanos, árabes, del este de Europa, etc.)  para compartir allí su experiencia y sabiduría. Y es advertido pos sus compañeros con frases como “Con los alumnos hazte respetar ya. Si no, te comerán; son carnívoros”, o las confesiones, llorando, de una joven profesora: “Cada inicio de curso creo que lo voy a lograr y empiezo con toda la ilusión…”, “Si soy maja, me pisotean; si soy dura, se mosquean”
Una sinopsis que recuerda en primer lugar a la película de Laurent Cantet de una década antes, La clase (2008) con el que comparte intenciones y situación de partida, que no es otra que la de unos profesores enfrentados a un alumnado que llevan tatuados en la frente la palabra rebeldía o que, al menos, compaginan la ignorancia con atisbos de rebeldía. Y para ello el propio director (también guionista) hizo una inmersión de tres años en un instituto de extrarradio, y para él los valores de la película son el realismo, la verdad y la credibilidad. 
Así, François se nos presenta como el típico personaje obligado a moverse en un contexto ajeno a su hábitat natural. Por supuesto, su educación de vieja escuela en todos los sentidos no tarda en colisionar con las actitudes de sus nuevos pupilos, que hasta consiguen drogarle con pasteles rellenos de cannabis. Porque Ayache-Vidal aplica una pátina de humor ligero y estereotipado a este choque de culturas y visión de la vida y la educación. Y es Víctor Hugo y los personajes de “Los miserables” (Jean Valjean, Cosette, Fantine, Gavroche, etc.) o el microrrelato más corto de la historia, el “Vendo zapatos de bebé, sin usar” de Ernest Hemingway con el que consigue enganchar con sus alumnos. Y por eso llega a decir a sus compañeros: “Estoy muy contento con la clase. Para recompensarles haremos una excursión… iremos a Versalles”
Y en esta peculiar historia destaca la especial relación con su alumno Seidon (curiosamente con su perenne chandal del Real Madrid, mientras su compañera Maya lleva el chandal de la Juventus). Porque Seidon no solo es la oveja negra del grupo, sino el chico negro de vida no fácil; y François se convierte en el buen maestro, en el buen pastor. Y por ello, cuando finaliza el curso Seidon le dice a su profesor: “¿Puedo decirle algo que no me apetece decirle?… Le echaremos de menos”. 
Porque El buen maestro es una película dirigida a padres, alumnos, profesores e incluso autoridades educativas, pues atesora un catálogo sobre la educación, que se apoya en la confianza mutua. Y su mensaje debe llegar alto y claro, acompañado de ese riff de guitarra de la preciosa “Who knows” de Marion Black, canción que sirve de hilo conductor en el tono y de metáfora final de lo que le espera cada día a este grupo de héroes cotidianos: los maestros en sus aulas. Y que la reflexión nos lleve a no olvidar que un aula (como la vida) es un lugar donde debe existir el respeto religioso, sexual y político, tres temas esenciales en la vida. Y mas si tratamos con algo tan sensible como la infancia y adolescencia. Porque en un aula el profesor cuida, como el buen pastor, a sus alumnos… y nunca los utiliza. Que nadie olvide este principio y este fin. 

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Publicado en Pediatría Basada en Pruebas
Author: Javier Gonzalez de Dios

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