El apoyo de mi perro en mi proceso de sanar

Las mascotas juegan un papel fundamental en la sociedad. Mucho se ha escrito sobre los beneficios de tener un perro en casa. Caty Fernádnez, formadora del Aula de Cáncer de mama de la Escuela de Pacientes nos relata en este post todo lo que le aportó Will, su tierno Dóberman, durante su proceso oncológico. Gracias Caty una vez más por enseñarnos tanto a través de tu experiencia. 

Caty, con su perro Will. 

Will llegó a casa cuando tenía dos meses, el mismo tiempo que hacía del diagnóstico de cáncer de mama. En aquel momento el cansancio se cebaba en mí, la curación de la herida quirúrgica había sido muy laboriosa y la incertidumbre se renovaba otra vez, tocaba empezar radioterapia. Muchas noches no descansaba bien y necesitaba hacerlo otras veces en el día; pasaba mucho tiempo sola, los demás andaban ocupados en sus cosas.

Will me recordó en esos momentos que la alegría y el juego es lo primeronada más abrir los ojos por la mañana. Era un cachorrillo lleno de vitalidad y espontáneamente eso era lo que expresaba. Me ayudaba a reír sin pensar, a correr detrás de él por la terraza aunque me tuviera que parar mareada y con poca fuerza. Me gustaba poderlo coger en brazos y acariciarlo y presentarle otras habitaciones de la casa a las que no se atrevía a entrar.

Recuerdo la vuelta a casa después de la última sesión de radioterapia. Había dejado la bolsa de papel que contenía la bata para ese menester encima de una silla.

Allá que fue Will, hizo trizas la bolsa, sacó la bata y la llevaba arrastrando por la cocina.
-Es verdad, Will, es tiempo de dejar atrás esto, ya ha hecho su función. Me ayudas a tirar a la basura el sentimiento de tristeza asociado a todo este proceso. Y grabé un vídeo que conservo con mucho cariño.

Todos los días volvía a recordarme lo mismo: la alegría y el juego es lo primero; nada más despertar venía a saludarme y a jugar… ¡no iba a negarme a un regalo tan bello!

Así que como el perro es una criatura que hemos aceptado en casa como parte de nuestro grupo y los hábitos se instalan a fuerza de insistir… asumí que la alegría y el juego es lo primero.

Will siguió creciendo y empezó a mostrarme otras cosas. Es un Dóberman, necesita mucho ejercicio. Así que me estaba ayudando a iniciar el ejercicio regular que todavía no podía hacer.

Además, aparecían otras necesidades: Will tenía que socializar como parte de su desarrollo normal y su equilibrio mental y emocional. Había que gestionar el miedo… los animales son especiales, pues reflejan el que tenemos los dueños y nos ayudan a ser conscientes para sanarnos nosotros y ayudarlos a ellos a ser felices.

Así que apareció en mi vida una actividad nueva, el cuidado responsable de mi perro y el contacto con otros perros y sus dueños, algo que disfruto mucho.

Y otra cosa: la necesidad de contundencia y de poner límites, de cierta disciplina para que todos en la casa estemos bien ocupando el perro el lugar que le corresponde. Y eso me enseña que los límites son necesarios entre cada criatura, para que todos tengamos nuestro espacio y no suframos innecesariamente prolongando desigualdades y postergando lo que sabemos de alguna forma que es necesario solucionar.

Mi perro me recuerda que poner límites es fundamental para ser feliz y me impulsa a poner en orden mis relaciones.

Me encanta dedicarle tiempo a mi perro, es bueno, incondicional, desinteresado, tiene una energía preciosa, es un regalo del Cielo. Mientras disfruto de él mi mente descansa, mi corazón siente, late al ritmo de una naturaleza en la que cabemos todos.

Ahora Will tiene algo más de seis meses. Está creciendo mucho y paseamos todas las mañanas. El cansancio está desapareciendo y vamos prolongando el tiempo de paseo. Will me recuerda que crear el hábito de hacer ejercicio regular me permite observar la capacidad regeneradora que hay en mi cuerpo y la fuerza de mi corazón.Disfrutamos el paseo un montón… y nos relacionamos con las personas que salen de paseo a la misma hora. Nos hacemos más sociales, aprendemos cosas nuevas… queda mucho por aprender y sentir.

Por Caty Fernández. 

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